“De la noche a la mañana cambia el tiempo; si el Señor lo quiere, todo pasa en un momento” dice el Libro de Eclesiástico 18:26, y actualmente todos estamos experimentando cambios en nuestra vida personal y profesional.

Pensando aquí a nivel local, la pandemia ha cambiado la forma en que vivimos, nos reunimos y planificamos. La misa ha cambiado (ahora podemos verla en nuestros teléfonos), dudamos en abrazar a alguien, y se están llevando a cabo reuniones con mucha precaución, estos son algunos de los cambios, por nombrar solo algunos.

Personalmente, he vivido diferentes etapas de cambio en mi vida. Lo más grande hasta ahora fue convertirme en esposa y mudarme a través del país lejos de mi familia hacia un lugar desconocido. En esta etapa no sabía si estaba tomando la decisión correcta de dejar atrás a toda mi familia y mudarme a un estado donde no conocía a nadie y no tenía trabajo ni conexiones profesionales.

Ohio no parecía tan atractivo, y después de mi primera visita y de ver lo que parecía ser una convención de carretas a caballo en un solo lugar, supe que iba a ser una transición difícil. Me preparé mentalmente y oré mucho, pero poco sabía de las grandes bendiciones que Dios había planeado. Conseguí mi primer trabajo sin buscarlo tres meses después de mi mudanza, y hemos sido bendecidos con amigos(as) de nuestra parroquia a quienes ahora llamamos “nuestra familia”. O, como nos llamamos, “El Crew”.

En segundo lugar, al convertirme en madre de Mateo e Isabella, creo que nadie puede prepararse para la maternidad o paternidad, especialmente cuando uno de sus hijos es diagnosticado con necesidades especiales. Mateo, nuestro primogénito era el bebé perfecto a nuestros ojos, pero después de su segundo cumpleaños, noté que se estaba desarrollando un poco diferente a los otros niños en la guardería.

Hablamos con su médico y comenzaron las evaluaciones de autismo. Durante seis meses, nos reunimos con un especialista, psicólogo, terapeuta y muchos otros profesionales que miraban a nuestro hijo, le hacían preguntas y no nos daban respuestas. Mi hijo en ese momento no hablaba y recuerdo que después de salir de una cita con cinco profesionales diferentes, Mateo no quería irse. Quería quedarse y jugar con los juguetes que habían usado para su evaluación, y yo sabía que esta transición iba a ser difícil.

Mateo se fue llorando y pateando, y yo no pude sostener mi bolso y a él al mismo tiempo. Uno de los miembros del personal se ofreció a ayudarme a subir a mi auto mientras cargaba a mi hijo, quien seguía gritando, pateando y llorando. No estaba enojado, sino entristecida, porque en ese momento no sabía cómo ayudarlo. Recuerdo ese largo viaje a casa y lloré al igual que él.

Oré y oré y le pedí al Señor que me diera sabiduría para ayudar a mi pequeño. A Mateo le diagnosticaron autismo antes de cumplir tres años. Me alegra compartir que en estos días habla completamente tanto en español como en inglés. El camino no ha sido fácil, pero Dios no nos dejó solos y trajo personas a nuestras vidas que sabían exactamente cómo ayudarlo a él y a nosotros.

Por último, pienso en los cambios que actualmente nos afectan a todos aquí en nuestra diócesis, mi lugar de trabajo. Estamos realizando una inmersión profunda en todas nuestras parroquias. Algunos de mis colegas ya no forman parte del personal diocesano y otros se han unido a nuestro equipo.

En todos estos casos, he orado y le he pedido a nuestro Padre que me guíe a través de todo. Algunos de estos cambios han sido fáciles y otros me han puesto de rodillas. Sin embargo, en medio de todo, sé que Dios tiene un plan y que debo confiar en Él y, lo más difícil de todo, ser paciente.

Siendo miembro de la Comisión Diocesana de la campaña PRFR, he escuchado y aprendido mucho de nuestros feligreses y parroquias. He leído comentarios de que muchos de ustedes también están enfrentando un “cambio” en nuestras parroquias y esto a veces también puede ser incómodo, pero como leemos en Deuteronomio 31:8 “El Señor irá delante de ti; Él estará contigo, no te dejará ni te desamparará; no temas ni te acobardes.”

A medida que continuamos viendo que se desarrollan los cambios, ¿realmente confiamos en el plan de Dios para nosotros? ¿O estamos atrapados en la idea de que el cambio nunca es fácil?

Sigamos teniendo Fe tal como el Señor me llamo a tener cuando me mudé de California, me convertí en madre y me convertí en defensora de mi hijo autista. Señora de Guadalupe, ayúdanos a ver el bien en todas las cosas y a confiar en un mejor mañana posible. ¡Amén!